LA VIDA PRIVADA DE FELIPE II - 3 .

Por IGNACIOAL - 9 de Agosto, 2010, 9:49, Categoría: General

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FELIPE II .

Siguiendo la rigurosa etiqueta borgoñona impuesta en la Corte por Carlos I, Felipe comía siempre solo, compartiendo en escasas ocasiones la mesa con sus hijos o la reina. Cada cierto tiempo la comida era pública, pudiendo contemplar los súbditos la alimentación de su monarca. El rey hacía dos comidas al día: almuerzo y cena pero su dieta era casi igual en ambas: pollo frito, perdiz o paloma, pollo asado, tajada de venado, ... Apenas consumía pescado, excepto el Viernes Santo, ya que tenía bula del papa que le permitía incluso comer carne los viernes, aunque de una sola clase. Eso sí, cuando comía lo que para lo demás estaba prohibido lo hacía en un lugar privado, con el fin de no dar mal ejemplo. En general; comía frugalmente. Debido a la dieta abundante en carne y escasa en frutas y verduras - aunque estaban presentes - no nos sorprende que sufriera de estreñimiento, teniendo que administrarle frecuentemente importantes dosis de vomitivos y enemas. La mayor parte de su vida manifestó un aspecto enfermizo, resaltado por su cutis pálido y el pelo rubio que le daban un aspecto casi albino. Junto a las hemorroides y dolores de estómago, sufrió de asma, artritis, gota, cálculos biliares y malaria, sin olvidar que padecía de sífilis congénita que provocaba continuos dolores de cabeza. La gota, cuyo primer ataque sufrió a los 36 años, hizo que los últimos 20 años de su vida apenas se pudiera mover, construyéndose a tal efecto una silla especial. El delicado estado de salud del rey le hacía depender mucho de los médicos aunque no confiaba en ninguno de ellos; tampoco recurría a remedios de curanderos. El recurso para estar saludable era simple: "buen recogimiento y tener un poco de cuenta la salud". Su idea de ejercicio era caminar y respirar mucho aire fresco por lo que no andaba muy desencaminado con las tendencias actuales.

Sus grandes pasiones serán la caza, los libros, las colecciones y las mujeres. A cazar dedicó largas horas desde su juventud, especialmente en los alrededores de Madrid: la Casa de Campo y El Pardo. Respecto a los libros consiguió reunir una gran biblioteca en la que se encuentran desde libros de teología hasta tratados científicos. La joya de El Escorial sería la. biblioteca, formada por un núcleo original de 4.000 volúmenes regalados por Felipe en 1575, convenciendo a prelados y nobles para que siguieran su ejemplo, a la vez que envió a un buen número de agentes por Europa a la búsqueda de ediciones raras. La biblioteca no estaba considerada como un mero depósito de libros sino que debía tener lectores, por lo que se hizo pública. La manía coleccionista de Felipe no tenía límites; poseía más de 5.000 monedas y medallas, joyas y obras de arte en plata y oro, 137 astrolabios y relojes, instrumentos musicales, piedras preciosas y 113 estatuas de personajes célebres en bronce y mármol. Era propietario de una gran colección de armas y armaduras que depositó en la Armería de Palacio, donde hoy se pueden contemplar en buen número. Las colecciones privadas de Felipe fueron valoradas a su muerte en 1598 en bastante más de 7 millones de ducados, cuando la joya arquitectónica que promovió, El Escorial, había costado cinco millones y medio. Las reliquias serán otra de sus pasiones, incluyendo al final de su vida en su colección más de 7.000, entre las que destacan diez cuerpos enteros, 144 cabezas, 306 brazos y piernas, miles de huesos de diversas partes de santos cuerpos, así como cabellos de Cristo y la Virgen, fragmentos de la auténtica cruz y de la corona de espinas, traídos en su mayoría de Alemania. Cada una de estas piezas iba dentro de un costoso relicario de plata por lo que el aspecto no era tan macabro como se supone. Tampoco es despreciable su enorme colección de cuernos de animales que puede haber estado vinculada a su supuesto valor medicinal. Y es que Felipe deseaba saber, de ahí su interés por todos los aspectos del arte, la ciencia y la cultura, fascinándole la alquimia y la magia, recurriendo en algunos momentos a consejeros de astrología, inquietándole conocer el significado de los cometas, eclipses y otros fenómenos raros, a la vez que consultaba los horóscopos.

Dentro de su gran afición por el entretenimiento, la música y el baile cuentan también entre sus aficiones favoritas, sin olvidar la pasión por los ritos de caballería, justas y torneos en los que participó activamente. Durante su adolescencia contó con un preceptor musical, aprendiendo a tocar algún instrumento, a la vez que participaba en todos los bailes que se celebraban en la Corte, siendo un gran amante de la juerga nocturna y la diversión. No había fiesta que se preciara que no contara con su presencia, participando en numerosos actos como los carnavales o las romerías populares. Sin embargo, no era muy aficionado al teatro, aunque en 1587 se autorizara a las mujeres actuar en los escenarios madrileños gracias a una iniciativa suya. De esto debemos deducir que la corte de Madrid no era lo lúgubre como la pintan algunos especialistas. Sin embargo, le gustaba más prestar la atención que el dinero; dicen que su sentido económico rayaba en la tacañería y dejaba de cubrir puestos de relevancia en la corte solo para ahorrarse los sueldos.

Los viajes serán frecuentes a lo largo de su reinado, aunque no tendrá el mismo espíritu aventurero que su padre. En su juventud realizó varios viajes a Italia, Flandes, Inglaterra y Alemania, empapándose del espíritu europeista que caracteriza a Carlos. Sin embargo, tras instalarse en la Península Ibérica en 1559 nunca volverá a salir de ella, viviendo durante una larga temporada en Portugal - dos años y cuatro meses - tras tomar posesión del trono del país vecino en 1580, sin olvidar los casi continuos y obligados viajes al reino de Aragón para participar en las reuniones de Cortes - tres años en total -, sintiendo una admiración especial hacia los habitantes de estos reinos. La imagen de un rey enclaustrado pertenece a la leyenda. Pero sus viajes más frecuentes eran en los alrededores de Madrid: El Pardo, Rivasvaciamadrid, El Escorial, Torrelodones, La Fuenfría, Aranjuez, ..., embarcándose en un amplio programa de construcción de residencias reales en los alrededores de la capital que dieron trabajo durante décadas a miles de operarios, siendo su mayor empresa cultural la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, participando en la elaboración de los planos junto a Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, acercándose continuamente a inspeccionar los trabajos. La construcción de esta maravilla artística se prolongó entre 1562 y 1595, momento en el que se consagró la basílica. Cuatro nobles japoneses que llegaron a España en 1584 expresaron su admiración ante "una cosa tan magnífica cual hasta agora no hemos visto ni pensamos ver".

Otra de sus más grandes aficiones serán los jardines, hasta el punto de considerar a Felipe como el primer rey ecologista. Durante su viaje a Flandes admiró las estructuras de los amplios jardines a la francesa, trayendo la idea a la península; incluso mandó llamar a jardineros flamencos e italianos para que diseñaran los jardines palaciegos, ya que los jardineros españoles eran más aficionados al árbol frutal que al decorativo. Como bien dice Henry Kamen "fácilmente accesibles desde la capital, ofrecían un remanso de paz en el que podía refugiarse de las obligaciones administrativas". El estado de los bosques también fue su preocupación, interesándose por la conservación de los montes y manifestando en 1582: "temo que los que viniesen después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejemos consumidos y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días". Su amor por la naturaleza le llevó a insistir regularmente, tanto a sus hijos como a sus ministros, que debían tomar más aire fresco a menudo. También debemos considerar el interés del rey por la medicina y las plantas medicinales, estableciéndose farmacias reales en Madrid y en San Lorenzo.

Poseía Felipe un buen juicio y una memoria afortunada, pero tenía un grave defecto que anulaba dichas cualidades: no era capaz de tomar soluciones rápidas. Todas las decisiones fueron consultadas a sus asesores, por insignificantes que fueran, sintiéndose siempre agobiado de trabajo. Felipe hubiera sido el hombre más feliz del mundo con un ordenador personal en el que hubiera archivado todos los papeles, informes y documentos que se acumulaban sobre su mesa, informes que eran leídos, cuando él no podía por motivos de salud, por su hija Isabel Clara Eugenia, y contestados, con notas marginales de su puño y letra. De ahí la imagen de Felipe II como un rey papeleta, gobernando sus territorios como una araña que dirige su tela desde el centro. Como tenía que meditar tanto, las resoluciones se dilataban hasta el punto de llegar demasiado tarde en ocasiones lo que no debemos culpar en su totalidad al rey ya que las comunicaciones no eran tan rápidas como en la actualidad. Cuando recibía malas noticias se ponía enfermo y sufría de diarreas, por lo que retrasaba las decisiones alegando dolores de cabeza y malestar.

El fanatismo religioso de Felipe será uno de sus aspectos más aireados. " Se sabe que gastaba entre días y noches (...) casi cinco horas de - oración - mental y vocal con el tiempo que oía misa y los oficios divinos. (...) Se entraba después de cenar y después de comer en el oratorio (...) y, con estar cerrada la puerta, oían algunas veces los golpes que se daba en los pechos". Asistía a misa diariamente, comulgando varias veces al año, mostrando siempre públicamente su respeto por la Iglesia. Su mayor preocupación será el mantenimiento de la pureza de la Religión Católica, convirtiéndose en el paladín de la Cristiandad, aunque debemos advertir una buena dosis de razón política en esta faceta, ya que a través del catolicismo mantuvo siempre unidos sus estados a excepción de los Países Bajos. Sin embargo, la intransigencia de su fe, le llevaron en ocasiones al fanatismo y la intolerancia, como cualquier monarca del siglo XVI, apoyando en todo momento la labor de Inquisición y asistiendo a los autos de fe. Conocedor de la división política que había supuesto el protestantismo en el Imperio Alemán, Felipe se manifestó intransigente en el aspecto religioso con el fin de no perder sus posesiones territoriales y no repetir el fracaso vivido por su padre.

La intransigencia que manifestó el rey en algunos aspectos de su vida choca con la ternura, el cariño y el amor con el que trató a sus hijos, especialmente a Catalina y a Isabel, como ponen de manifiesto las numerosas cartas que les escribió donde se nos muestra a un hombre entrañable y preocupado por el futuro de sus hijas y nietos. El recto equilibrio entre trabajo y familia fue algo que Felipe observó escrupulosamente, sin descuidar en ningún momento una cosa por la otra. Después de horas y días de papeleos, anhelaba salir para relajarse con su familia, aunque sólo fuera un rato. Hacia su pueblo, Felipe sintió un profundo interés aunque tenía escaso contacto con él, ya que odiaba las multitudes; consideraba adecuado mostrarse accesible los días festivos, comiendo "en público" cuando le era posible e imponiendo la regla de ser accesible a las peticiones particulares en el camino de ida y vuelta a misa dominical. Pero este contacto con el pueblo debía ir parejo a la garantía de su seguridad personal, ya que en Lisboa, en 1581, se produjo un atentado fallido contra la vida del rey, tomándose a partir de esa fecha mayores precauciones.

A medida que iba avanzando en edad, la salud de Felipe se fue deteriorando. Los ataques de gota se repetían con mayor frecuencia y llegó un momento en el que no podía ni firmar debido a su artrosis en la mano derecha. Antes de cumplir los 70 años no podía mantenerse ni de pie ni sentado y viajar le resultaba tremendamente doloroso. A finales del mes de julio de 1598 Felipe sufrió unas fiebres tercianas de las que mejoró un poco a los 7 días, después aparecieron unos accesos en la rodilla y en el muslo derecho, practicándose la apertura de los tumores para extraer el humor que contenían, una vez "estaban maduros". Cuatro accesos más aparecieron en el pecho, corriendo la misma suerte que los anteriores. Pronto se le declaró una hidropesía que le produjo inflamación en las piernas, los muslos y el vientre. El resto del cuerpo sólo era pellejo y huesos. Durante toda la enfermedad el rey tuvo que estar postrado en la cama, sufriendo dolores tan intensos que no se le podía mover, tocar, lavar o cambiar de ropa, de tal forma que evacuaba en el lecho y su cuerpo estaba lleno de deyecciones, pus y parásitos, lo que hacía sufrir más al pobre enfermo que siempre había sido muy meticuloso con la limpieza. La fiebre no le abandonó y padeció durante la larga enfermedad de una insaciable sed.

Su fortaleza era increíble, utilizando su fe para sacar fuerzas de flaqueza. Su habitación estaba llena de pared a pared de imágenes religiosas y crucifijos. Regularmente rociaba agua bendita sobre su cuerpo. Comulgó por última vez el 8 de septiembre, ya que los médicos se lo prohibieron a partir de ese momento por miedo a ahogarse al tragar la hostia. Al no poder sostener un libro contaba con lectores que le hacían sus últimos días más agradables. Diez días antes de morir entró en una crisis que le duró cinco días. Cuando volvió en sí, hizo entrar en su cámara a la infanta Isabel, a quien dio el anillo de su madre recomendándole que nunca se separara de él, y a Felipe, el heredero de la Corona, haciéndole entrega de un legajo con las instrucciones sobre los asuntos de gobierno. A las cinco de la madrugada del domingo 13 de septiembre de 1598 fallecía en El Escorial el monarca más poderoso de la tierra, aquel en el que sus dominios nunca se pone el sol. Tenía 71 años y su agonía duró 53 días.

Como bien dice Fernando Checa: "Felipe II no era ni puritano ni abominable (...) Lo que pretendió fue, a través de su mecenazgo, cristianizar la antigüedad clásica, tomar su legado profano y, sin despreciarlo, amoldarlo a los nuevos tiempos".

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MONASTERIO DEL ESCORIAL


  (C) 2002 Juan Carlos Cobo Cueva
 
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